Hacía tiempo que quería escribir sobre la gratitud aplicada al contexto de trabajo. Aunque he realizado varias formaciones en las que entrenamos esta habilidad maravillosa de alto nivel, no encontraba el motor para enfocar mi artículo.

Hace unos días la vida me trajo un ejemplo que me ha servido como inspiración. Cuando uno vive en modo ON, las situaciones cotidianas son una fuente de aprendizaje.

Algunos viernes en la noche, ya con actitud de fin de semana, en casa no se cocina. El pasado pedimos unas habituales hamburguesas al mejor sitio de Madrid, que curiosamente está cerca de casa (El Viajero). Ya verás por qué les hago publicidad.

Cuando llegó el pedido y abrimos la bolsa vimos que la lata de Coca-Cola Zero llevaba impreso un nombre. Era una de esas latas de la campaña de marketing tan chula que Coca-Cola comenzó el año pasado.

Lo curioso es que llevaba mi nombre: Cristina.

¡Qué sorpresa más bonita! ¿Habría sido una casualidad? Eso me decían en casa. Pero yo no lo veía así. “Si ha sido casualidad, hoy es el día para echar a la Bono Loto”, les dije yo.

Así que, entre risas y “Mamá…, de verdad, que esto es una casualidad”, decidí llamar al establecimiento.

Cuando me atendieron al teléfono les pregunté por la persona que había preparado mi pedido para preguntarle nuestra duda. La persona de atención al cliente, sorprendida, se preocupó porque pensaba que había pasado algo malo y que quería poner una queja.

“No, no… todo lo contrario. Es que quiero saber si la persona que ha preparado mi pedido ha visto mi nombre y ha buscado la lata de refresco para mí, o ha sido casualidad”.

Oí que se retiraba del teléfono e iba a preguntar a alguien. Y volvió:

“No ha sido por casualidad. La ha elegido mi compañero para usted”.

“Qué gesto tan bonito. Muchas gracias. Por favor, agradécele a tu compañero este detallazo y si viene a entregarnos un pedido otro día, que por favor se identifique”.

Colgué y se hizo un silencio en la mesa. Nos miramos todos sonriendo. Yo sentí una profunda gratitud. El amor se me desbordó en unas lagrimillas que no pude contener.

A este chico no pude verle, pero ojalá sintiera la satisfacción (dopamina en vena) de no extralimitarse a su trabajo y el mismo sentimiento bonito que yo al recibir mi agradecimiento. Su orientación al cliente -en términos de competencias- fue brillante.

Son tantos, tantísimos, detalles bonitos que suceden a nuestro alrededor cada día, que solo estando en atención desierta seremos capaces de experimentarlos. Y son tantas, tantísimas, las oportunidades que a diario en el trabajo podemos convertirlas en momentos especiales de gratitud, que solo estando en atención a los demás y a su servicio, seremos capaces de brindarlas.

La gratitud es una emoción de alto nivel derivada del amor, que va más allá de dar las gracias. De hecho, a veces cuando damos las gracias lo hacemos por rutina o por educación, si quiera mirando a los ojos a la persona.

La gratitud es un estado emocional muy profundo que, para mí, entra en el campo de la inteligencia espiritual (un pasito más elevado a la inteligencia emocional) que nos trae muchos beneficios a nivel físico y psicológico.

Echemos una mirada a la neurociencia.

¿Qué sucede en el cerebro cuando sentimos gratitud?

Estudios en neurociencia, incluyendo resonancias magnéticas funcionales (fMRI), han mostrado que sentir y expresar gratitud activa regiones específicas del cerebro: el corte prefrontal medial, el núcleo accumbens y el sistema límbico, incluyendo el hipotálamo y el hipocampo. Estas áreas están relacionadas con la toma de decisiones, la recompensa, la memoria emocional y la regulación del estrés.

Cuando sientes y expresas gratitud -importantes las dos acciones-, se incrementa la liberación de dopamina y serotonina, dos neurotransmisores directamente ligados al bienestar.

La dopamina te motiva y te da placer. Te da subidón. Y la serotonina mejora tu estado de ánimo y estabilidad emocional. Sin duda, esto y más cosas experimenté cuando sentí gratitud al recibir la lata con mi nombre, y cuando expresé la gratitud por el gesto.

En otras palabras, practicar gratitud no solo es “bueno”: es un acto químico de autorregulación positiva.

Además, investigaciones como las de Glen Fox en la Universidad del Sur de California han mostrado que la gratitud tiene un efecto calmante en la amígdala, la región del cerebro encargada de detectar amenazas. Por ejemplo, cuando te enfocas en sentir gratitud por lo que tienes en la vida, tu cerebro se aparta del modo alerta o supervivencia y entra en un estado más receptivo y amoroso.

Gratitud en uno mismo

Sonja Lyubomirsky, una de las investigadoras más influyentes en el campo de la psicología positiva, ha demostrado que cultivar la gratitud -sentirla y expresarla- de forma deliberada o consciente tiene efectos consistentes en el aumento del bienestar subjetivo.

En sus estudios, cuyos resultados comparte en su libro “La ciencia de la Felicidad”, quienes escribían en su Diario de Gratitud al menos una vez por semana reportaban más emociones positivas, mejor calidad de sueño, menor sintomatología depresiva y una mayor satisfacción con la vida.

La gratitud actúa como un filtro cognitivo. Cuando te enfocas en lo que va bien y sientes gratitud por ello, desarrollas una mirada más equilibrada y positiva del mundo. No se trata de ignorar tus dificultades o problemas, sino de no dejar que ellos ocupen todo el espacio de tu mente Es como ajustar el foco de una cámara: eliges ver también la luz, no sólo las sombras.

Además, sentir gratitud fortalece tu resiliencia. Las personas agradecidas tienden a reinterpretar los obstáculos y desafíos desde una perspectiva constructiva.

No es magia… es neuroplasticidad: cuanto más entrenas tu mente en gratitud, más se consolidan esos caminos neuronales que te permiten adaptarte mejor a la adversidad y encontrarle el sentido a tus experiencias complejas.

La gratitud en el trabajo: el efecto multiplicador

En el año 2022 participé como formadora, junto a un equipo, en un extenso programa sobre Liderazgo Humano en una conocida entidad bancaria y decidí que la gratitud sería uno de los temas que yo tocaría.

El ámbito laboral, dominado por la exigencia, la presión por resultados y la crítica constante, puede parecer un terreno árido para la gratitud. Y, sin embargo, si hay un lugar en el que la gratitud es necesaria es, precisamente, el contexto de trabajo.

Cuando en un equipo se fomenta una cultura de gratitud —reconociendo esfuerzos, valorando el trabajo de los demás, agradeciendo de forma específica y sincera—, se multiplican los beneficios positivos.

Por ejemplo, se fortalecen la cooperación y la confianza. Las personas agradecidas tienden a ser más prosociales. Según Robert Emmons, otro referente en este campo, la gratitud “fortalece los lazos sociales y nos hace sentir conectados”.

La gratitud mejora también el rendimiento. El simple acto de sentirnos agradecidos mejora nuestra motivación, especialmente cuando vemos que nuestro trabajo tiene un impacto real (puedes consultar los estudios de Adam Grant en entornos laborales). Pero, además, cuando los compañeros o superiores nos muestran gratitud, aumenta nuestra autoestima y aparece un sentimiento profundo de propósito y plenitud. Nos sentimos valorados y aceptados (respetados, amados, tenidos en cuenta). Esto, indirectamente, también impacta positivamente en la fidelización del talento, puesto que sentirse poco valorado es una de las causas de la rotación.

Insisto, no se No se trata de repartir “gracias” como caramelos y de hacerlo sin sentido, sino de crear un entorno donde la gratitud y el reconocimiento sean parte del lenguaje cotidiano, y no algo excepcional.

¿Qué nos frena a sentir y expresar más la gratitud en el trabajo?

Tras observar a muchos líderes y sus equipos puedo decir que no hay una sola causa que actúe como freno para aplicar la gratitud. El ego -lamentablemente- es una de ellas. Por un lado, dar por hecho que cada uno “hace lo que debe hacer” y que, por tanto, no es necesario ir dando las gracias. Esto, no solo nos indica una visión muy reduccionista de la gratitud (dar las gracias), sino que denota una perspectiva muy poco empática y humana de las personas. Sencillamente no se está poniendo en valor la labor de cada miembro del equipo ni su comportamiento.

Por otro lado, la falsa creencia de que expresar la gratitud es mostrar nuestro lado humano y, por tanto, bajar la guardia es otro obstáculo. Esto denota tensión y alerta con el equipo (ya vamos mal) y una práctica muy distante del liderazgo humano, en el que abrirse a la vulnerabilidad, expresar la gratitud o compartir sentimientos (en el contexto y forma adecuados, eso sí) son comportamientos comunes.

¿Por qué los líderes deben practicar la gratitud con sus equipos?

Sabemos que liderar no es solo dirigir. Es impactar, influir e inspirar en positivo. Liderar es cultivar… suelo utilizar mucho la palabra cultivar. Será por mi amor por la jardinería. Bien, la gratitud es uno de los abonos más potentes para hacer florecer el potencial del equipo que yo conozco.

Los líderes que practican la gratitud:

  • Generan entornos psicológicamente seguros, donde las personas se sienten cómodas para proponer, equivocarse y crecer.
  • Construyen relaciones más auténticas y humanas. La gratitud te permite ver de verdad a los demás.
  • Refuerzan culturas de alto rendimiento sostenible. Porque cuando las personas se sienten vistas y valoradas, dan más de sí, no por obligación, sino por compromiso emocional.
  • Tienen una mirada positiva enfocada en lo que hay y no en lo que falta.

 

La gratitud no es de blanditos, ni se puede aplicar si no hay un sentimiento genuino. No se puede fingir ni forzar. Es una emoción de alto nivel y genera espacios de pleno desarrollo personal y profesional. Sentirla es un motor del bienestar psicológico, y expresarla un motor para el bienestar relacional. Es una herramienta de regulación emocional, un modulador cerebral, un puente social y, sobre todo, una estrategia fantástica en el liderazgo humano.