Este verano ha sido uno de esos en los que he sacado un alto rendimiento a mis vacaciones. Me puse varios retos antes de comenzarlas. El primero, no tocar el ordenador en todo el período vacacional. Algo que, como profesional independiente me cuesta, porque es en el descanso de las formaciones y programas (que suele ser en verano) cuando creo nuevas iniciativas, reviso web, escribo y acumulo artículos, limpio correos, etc. Es decir, los que no tenemos que pedir las vacaciones a un jefe necesitamos un extra de voluntad para desconectar de verdad. Logrado.
El otro reto que me propuse fue hacer menos planes y cultivar mayor relax. Y así, he pasado muchas tardes calurosas del verano, simplemente junto a la piscina, haciendo cerámica o leyendo, sin grandes planes. Haciendo menos y habitando más. Logrado.
Y el último reto fue el silencio. Además de las vacaciones con la familia he podido disfrutar de ratos de soledad en los que he primado el silencio. Ni música, ni tv, ni contenido en RRSS… Silencio y meditación. Logrado.
Y tal vez por todo ello siento que he descansado de lo lindo y me encuentro con ganas y fuerza para ponerme en marcha de nuevo. Invertir en mi propio bienestar durante el verano me ha dado la oportunidad de empezar septiembre con otra mirada.
Sé que puede parecer idílico acometer con ganas la vuelta al trabajo tras las vacaciones ya que, lo de volver, para muchas personas conlleva un pequeño duelo emocional. Pasamos de los días largos, las comidas sin reloj y las mañanas tranquilas… al sonido insistente del despertador, los atascos de tráfico o la bandeja de entrada con cientos de correos pendientes de revisar. Y ese contraste puede provocarnos el “síndrome postvacacional”, una mezcla de cansancio, tristeza y cierta resistencia a retomar la rutina. No es una enfermedad, sino una respuesta lógica a un cambio brusco de ritmo. La buena noticia es que se puede prevenir y, sobre todo, convertir en una oportunidad para repensar cómo trabajamos y cómo vivimos.
Volver a empezar
Para algunas personas, la pausa del verano es reflexiva y septiembre es el mes del cambio: los nuevos retos, el nuevo trabajo, la nueva manera de cuidarse…
Desde la perspectiva del bienestar organizacional, septiembre es un mes estratégico. No solo porque marca el inicio del último trimestre del año, también porque representa una transición emocional en la que podemos revisar hábitos, renovar propósitos y, en muchos casos, replantearnos la forma en que equilibramos trabajo y vida personal. Las vacaciones no son únicamente un paréntesis de descanso. Son también un espejo que refleja lo que nos falta durante el resto del año.
Aunque muchas personas le temen al mes de septiembre más que a la factura de la luz, creo que este mes nos brinda la oportunidad de replantearnos cómo trabajar sin tener que renunciar al bienestar individual o del equipo. De hecho, según lo comparto en mi libro CULTURA DEL BIENESTAR, abogo por un bienestar cotidiano, en pequeñas dosis, que nos alimente a lo largo del año en el trabajo -haciendo más hincapié en épocas de necesidad extra-, para que cuando tomemos descansos no sea una cuestión de vida o muerte.
Así que el reto que tenemos por delante es: ¿cómo podemos volver al trabajo sin perder el bienestar que (supuestamente) hemos tenido en las vacaciones?
Te comparto tres ideas clave que, si las llevas a la práctica, harán que tu septiembre deje de ser una cuesta arriba y se convierta en un punto de partida saludable y motivador.
1. Mantén tus hábitos saludables de las vacaciones en tu rutina diaria
Cuando pensamos en vacaciones solemos asociarlas con libertad, desconexión, descanso o disfrute. El error más común al volver es pensar que todo eso desaparece en cuanto volvemos a encender el ordenador. Así que, puedes preguntarte: ¿qué pequeños gestos de bienestar puedo conservar en mi día a día laboral?
Quizás descubriste en verano lo bien que te sienta caminar 20 minutos después de comer. O lo que disfrutas leyendo sin mirar el móvil. O la importancia de pasar más tiempo en familia sin estar pendiente de correos y notificaciones. Esos detalles no tienen por qué quedarse en el recuerdo mirando tus fotos de las vacaciones. Puedes incorporarlos a tu rutina laboral con pequeñas adaptaciones.
Vamos con un ejemplo práctico: si durante las vacaciones cenabas ligero y notabas que dormías mejor, al volver a conectar con el ritmo de septiembre puedes mantener ese hábito saludable, evitando cenas copiosas que afecten a tu descanso. Otro ejemplo: si disfrutaste de conversaciones largas sin prisas, reserva cada semana un espacio para hablar con algún compañero de trabajo sin agenda, solo para reconectar.
Son pequeños gestos, pero generan una gran diferencia. Recuerda que el bienestar no está en lo extraordinario, sino en lo cotidiano.
2. Diferencia placer de bienestar
En vacaciones disfrutamos del hedonismo: largas siestas, helados improvisados, comidas abundantes o esa sensación de no tener que rendir cuentas a un reloj. Todo eso es placer, y es necesario, pero también es pasajero. El bienestar, en cambio, tiene una dimensión más duradera: hábitos saludables, propósito en lo que hacemos, relaciones de calidad y equilibrio vital.
Al volver al trabajo, conviene reorganizar esos dos planos: mantener un espacio para el placer —porque la vida no es solo disciplina—, pero dar protagonismo al bienestar sostenible. Eso significa:
- Retomar horarios estables de sueño.
- Volver a una alimentación equilibrada.
- Practicar ejercicio físico adaptado a la rutina.
- Reservar tiempo para la calma mental: mindfulness, lectura, respiración consciente.
- Reforzar vínculos con compañeros y familia, que son una fuente clave de apoyo emocional.
En términos organizacionales, las empresas también pueden favorecer esta transición facilitando jornadas flexibles, ofreciendo programas de salud mental, proponiendo retos colectivos de actividad física o promoviendo talleres de gestión del estrés. No se trata de eliminar el hedonismo, sino de integrarlo con hábitos que nos sostienen a largo plazo.
3. Elige: aceptar o cambiar
Esta tercera idea es quizás la más transformadora. Muchas personas, al volver de vacaciones, se dan cuenta de que el malestar no viene solo de la rutina, sino de la relación que tienen con su trabajo o con alguna pieza de su trabajo (jefe, equipo, condiciones económicas, desplazamientos…). Si cada regreso al trabajo tras vacaciones lo sientes como una losa, conviene preguntarte: ¿me gusta lo que hago? ¿me aporta sentido? ¿estoy creciendo o me siento estancado?
Si la respuesta es negativa, septiembre puede ser una oportunidad de cambio en algún sentido: hablar con el jefe sobre nuevas responsabilidades, pedir participar en un proyecto distinto, formarse en otra área o incluso replantear el rumbo profesional. No siempre se puede cambiar de un día para otro, pero el simple hecho de plantearlo ya abre posibilidades. Y tampoco se trata de abandonar tu trabajo, sino buscar un cambio en cómo haces lo que haces para encontrarle mayor sentido y motivación.
Y si el cambio no es viable en este momento, entonces toca practicar la aceptación madura, que no es lo mismo que resignación. Aceptar significa reconocer la realidad tal como es y decidir vivirla con la mejor actitud posible. Aquí entran en juego tres habilidades de bienestar:
- resiliencia, para afrontar los retos sin quebrarse.
- gratitud, para valorar lo que sí funciona.
- relaciones positivas, para apoyarse en otros y generar un clima más saludable.
Aceptar no implica renunciar a mejorar: implica gestionar mejor lo que hoy está en nuestras manos.
La vuelta al trabajo no tiene por qué convertirse en un muro de desánimo. Si somos capaces de mantener los hábitos que nos han proporcionado bienestar durante las vacaciones, diferenciar placer de bienestar y decidir conscientemente entre aceptar o cambiar; podemos convertir septiembre en una oportunidad de renovación personal y profesional.
Las organizaciones también juegan un papel crucial: acompañar a sus equipos en este proceso es una muestra de liderazgo consciente y una inversión con retorno. Porque un empleado que se siente cuidado, motivado y equilibrado no solo rinde más, también contagia energía positiva a su entorno.
Recuerda que el bienestar no es un lujo reservado a los días de descanso: es una práctica diaria que puede y debe formar parte de tu vida laboral. Septiembre es un buen mes para recordarlo. Puede que las vacaciones hayan terminado, pero el bienestar no debería hacerlo nunca.
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