Las vacaciones ya han empezado. Has activado el mensaje de “fuera de la oficina» (OOO), has preparado la maleta y, por fin, has cambiado el escritorio por la playa, la montaña o ese rincón donde llevas meses imaginándote descansando. Qué maravilla… ¡por fin!
Sin embargo, apenas han pasado unas horas y ya has mirado el correo «por si acaso». Respondes un WhatsApp del trabajo porque «solo será un minuto». Consultas las noticias en tu móvil. Entras en LinkedIn mientras esperas que se prepare el café. Revisas las notificaciones. O abres el portátil para enviar un urgente… aunque tu pareja te invitó a no llevarlo en la maleta.
Sin darte cuenta, tu cuerpo está de vacaciones, pero tu mente sigue fichando. “Tenía que haberme dejado el portátil en casa”.
¿Te resulta familiar?
Vivimos en una sociedad donde estar siempre conectados y disponibles se ha convertido casi en una virtud. Cuestionable, en mi opinión.
Contestar rápido transmite interés y compromiso. Estar conectado parece sinónimo de ser importante. Y, poco a poco, hemos confundido la productividad con el valor personal. Quizá por eso nos cuesta tanto desconectar: porque sentimos que, si dejamos de responder, de mirar el correo o el teléfono -incluso la tv- o de estar pendientes, nos estamos perdiendo algo. Y esto es un tipo de ansiedad y tiene nombre, que te desvelaré más adelante.
Sin embargo, la realidad es justamente la contraria: es cuando no dejamos de estar conectados cuando nos estamos perdiendo muchas cosas.
Las vacaciones no empiezan el día que dejas de trabajar. Empiezan el día que tu cerebro deja de sentirse en modo trabajo.
¿Por qué nos cuesta tanto desconectar?
Nuestro cerebro adora las rutinas. Después de meses consultando el correo nada más levantarte, respondiendo mensajes mientras comes o revisando el móvil en cualquier momento muerto, esos comportamientos dejan de ser decisiones conscientes para convertirse en hábitos. Con cada acción cotidiana repetida en el tiempo has reforzado una serie de comportamientos, que haces, incluso, sin pensar, sin darte cuenta de que lo estás haciendo. Como por ejemplo revisar tu teléfono por si hay algo nuevo del trabajo: ¿cuántas veces lo haces a lo largo del fin de semana?
A eso se suma un fenómeno muy humano: gran parte de nuestra identidad está ligada al trabajo. Un gran error, pero un error muy común, porque pasamos muchos años de nuestra vida y muchísimas horas (más de 80.000) trabajando. No solo hacemos un trabajo; muchas veces sentimos que somos nuestro trabajo. Por eso, cuando dejamos de producir, algunas personas experimentan incluso una cierta incomodidad y aparece la sensación de que deberían estar haciendo algo útil.
Además, vivimos en un entorno diseñado para captar nuestra atención. Cada notificación, cada mensaje y cada actualización activa los circuitos de recompensa del cerebro liberando pequeñas dosis de dopamina que nos animan a volver una y otra vez a la pantalla. No es falta de fuerza de voluntad es que la tecnología está diseñada para que resulte difícil apartar la mirada. Somos víctimas de nuestras pantallas.
Existe otro fenómeno menos conocido, pero igual de importante: el coste atencional. Cuando interrumpimos una actividad para responder un correo o mirar una notificación, una parte de nuestra atención permanece enganchada a esa tarea incluso después de volver a lo que estábamos haciendo. Por eso revisar el móvil «solo un momento» puede impedirnos disfrutar plenamente de una conversación, un paseo o una comida familiar.
¿Te ha pasado que estás en una reunión familiar …pero realmente no estás?
Nuestro cuerpo puede estar sentado frente al mar. Nuestra mente, sin embargo, sigue en la reunión del martes.
El cerebro también necesita vacaciones
Descansar no consiste únicamente en dormir más horas o cambiar de “aires”. Necesitamos periodos de auténtica desconexión para recuperarnos del esfuerzo cognitivo y emocional acumulado durante el año.
Diversos estudios muestran que las vacaciones reducen los niveles de estrés, mejoran el estado de ánimo, favorecen un sueño de mayor calidad y aumentan la sensación de bienestar. Para ello son. Sin embargo, estos beneficios disminuyen cuando seguimos pendientes del trabajo o conectados de forma constante a dispositivos digitales.
Hay una explicación fascinante desde la neurociencia y se llama Red Neuronal por Defecto (Default Mode Network). Cuando dejamos de atender estímulos continuamente, es decir, en esos momentos en los que estamos sin hacer nada productivo (viendo tv, descansando, sentado sin mirar a nada en particular…), entra en funcionamiento esta red neuronal. Lo interesante es que, durante esos momentos de aparente inactividad, el cerebro no está perdiendo el tiempo. Todo lo contrario.
Es el tiempo en el que tu cerebro integra recuerdos, organiza experiencias, conecta ideas, favorece la creatividad y te ayuda a reflexionar sobre ti mismo (no sé si esto es bueno ;). ¿Te ha pasado que tus mejores ideas aparecen cuando no las buscas? En el baño, caminando, duchándote o contemplando el horizonte. No es casualidad.
El cerebro necesita espacios vacíos para hacer su mejor trabajo. Incluso aburrirse es medicina para el cerebro.
Sin embargo, eso no sucede si llenas cada uno de esos espacios vacíos conectándote a tu móvil o revisando notificaciones.
¿Esperas el autobús mirando el móvil? ¿Haces cola mirando el móvil? ¿Paseas mirando el móvil? Incluso algunos contemplan una puesta de sol a través de la cámara del teléfono.
El nuevo FOMO también viste de oficina
“¿¿¿El qué???” Eso dije la primera vez que escuché acerca de FOMO.
FOMO es esa necesidad de estar hiperconectados por miedo a perdernos algo. Es la ansiedad de la que hablaba antes, y durante años hemos asociado el FOMO al miedo a perdernos un plan social o una publicación en redes sociales.
Hoy, sin embargo, adopta una forma mucho más silenciosa y peligrosa: es el temor por perdernos un correo importante, una oportunidad profesional, una decisión del equipo, un cliente…o una noticia de última hora.
Es pensar y sentir que estar desconectados unos días puede hacernos perder el tren o incluso la oportunidad de nuestra vida. Y no digo nada si desconectamos quince días o un mes. Podemos llegar a hiperventilar.
¿Qué temes perderte si te desconectas? O, mejor… ¿qué te estás perdiendo por no desconectar nunca?
Nos perdemos conversaciones sin interrupciones. Nos perdemos la capacidad de observar con calma. La capacidad de saborear, de oler, de sentirnos vivos. Nos perdemos la oportunidad de escuchar nuestros propios pensamientos sin el ruido constante de las notificaciones.
Y nos perdemos algo todavía más importante: la posibilidad de regresar de vacaciones con la energía, la creatividad y la claridad mental que solo aparecen cuando el cerebro ha podido descansar de verdad.
Frente al FOMO empieza a ganar fuerza otro concepto mucho más saludable: el JOMO (Joy of Missing Out), el placer de elegir conscientemente no estar en todo. Acepta que el mundo seguirá funcionando aunque tardes unas horas —o unos días— en responder un mensaje. Permítete no estar tanto para otros y estar más para ti.
Un pequeño detox digital… para volver a la vida
No estoy en contra de la tecnología. Sin embargo, para mí es un compromiso vital y social (hacia mi familia) desconectar el máximo posible en vacaciones. Si eres de mi círculo cercano sabrás lo que tardo muchas veces en responder mensajes o llamadas.
Y créeme que el problema no es el móvil. Bueno, un poco sí si existe un enganche dopamínico importante. El problema es haber olvidado que también podemos vivir sin él durante un rato.
En estos días de semi-vacaciones, salgo a caminar sin móvil y gran parte del día lo dejo en la cocina, revisándolo solo de vez en cuando. En vacaciones, lo miro una vez al día como mucho. Particularmente no necesito mi móvil para todo. Incluso viajo a lugares donde la cobertura es mínima para facilitar esta desconexión.
Quizá este verano no necesites un detox radical. Basta con recuperar pequeños espacios donde la tecnología deje de ocupar el centro de tus vacaciones.
Prueba a caminar sin un destino marcado por Google Maps y sin preocuparte de Strava. Lleva una libreta en lugar de abrir Instagram. Lee unas páginas de un libro mientras tomas el sol. Escuchas el sonido del mar. Juega a las cartas después de cenar. Aprende el nombre de los árboles que te rodean. Observa un amanecer sin fotografiarlo. Permítete una conversación larga de sobremesa son el móvil a tu lado. Medita con el sonido del mar o de los pájaros en la montaña.
Y, de vez en cuando, atrévete a hacer algo que hoy parece casi revolucionario: no hacer nada. El maravilloso arte de no hacer nada, al que le dedico un apartado (hábito número 25 para vivir en armonía) en mi libro OH! MINDFUL DAY (disponibles en Amazon).
Las vacaciones no deberían ser un cambio de escenario desde el que seguir haciendo exactamente lo mismo que hacemos el resto del año. Deberían ser un espacio para recuperar aquello que las prisas nos han ido robando: la atención, la presencia y el tiempo. ¡Deja que tu cerebro respire! ¡Dale espacio a tu mente!
Quizá el verdadero lujo de este verano no sea viajar más lejos ni llenar la agenda de planes. Quizá sea algo mucho más sencillo.
Empieza por dejar el portátil fuera de la maleta y aficiónate más al JOMO.
Felices vacaciones y feliz descanso.
Cristina Jardón es Experta en Inteligencia Emocional aplicada a las Organizaciones y Bienestar Corporativo. Formadora, mentora y consultora de Bienestar. Puedes conocer más sobre su trabajo en www.cristinajardon.com
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