Al salir de una reunión en dirección a casa he decidido tomar un camino diferente. Es una carretera que nunca (o casi nunca) cojo, pero hoy he decidió girar a la izquierda en vez de a la derecha. He salido de mi automatismo inconsciente.

El paisaje llano con encinas era precioso, y en el cielo un grupo de puntos negros volando. He tenido que fijar bien la vista porque al principio creí que era un grupo de mosquitos pegado a mi coche. Pero según iba avanzando los puntos se han hecho más y más grandes, han aparecido alas, grandísimas alas…, y han resultado ser un grupo muy numeroso de aves rapaces, buitres leonados para ser más exactos.

He parado el coche en la cuneta y me he bajado a mirar. Había más de 30 y estaban cerquísima. Muy cerca de un núcleo urbano. Es la primera vez en mis 40 años que veo tantos buitres volando juntos, y dado que me encanta este tipo de ave, he sentido que aquella estampa era un regalo para mí. De hecho ningún otro coche ha parado. Me pregunto si alguien más lo ha visto. O si alguien ha podido salir de su automatismo y si quiera verme a mí allí parada mirando al cielo.

Y entonces, admirando tanta belleza me he dado cuenta de que no habría podido tener tal encuentro “buitral” de no haber sido por decidir tomar hoy, a esa hora, y en ese momento, otro camino diferente y salir de la rutina, de lo de SIEMPRE. Y he sido consciente de la cantidad de veces que he podido perderme alguna maravilla por ir sin pensar.

Creo que esto nos pasa a menudo, lo de no pensar, lo de no ser conscientes, lo de perdernos cosas maravillosas: una mirada, un atardecer, un mensaje en una canción, un encuentro con alguien especial, un silencio a tiempo…

 

Cada día la vida me da un regalo. Suelen ser cosas pequeñas. A veces tan sutiles que casi ni se ven. Pero aunque yo no las vea sé que están ahí, para mí.

Cada persona tiene sus propios regalitos diarios. Las personas despiertas y conscientes lo saben bien. ¡Son capaces de ver incluso más de uno! Se trata de entrenar la mirada y provocar la posibilidad para que ocurra. Se trata de vivir atento a todo lo que pasa a tu alrededor. Y acoger todo lo que está ahí para ti.

En ese momento concreto, en la cuneta, yo estaba en cuerpo y mente allí y sólo allí, con mis 5 sentidos, disfrutando, aprendiendo, sintiendo…; con el tiempo parado por segundos para mí, viviendo en mindfulness.

Vivir así, no sólo me hace sentir agradecida y sencilla en mitad de esto grandioso llamado Mundo, sino que me ayuda a vivir siendo feliz con las pequeñas cosas.

Porque mindfulness no ocurre sólo cuando nos sentamos a meditar. Ese sólo es el inicio. Después viene la integración. La práctica te lleva, de manera silenciosa, a otra forma de vivir basada en el “darse cuenta”: de lo que pienso, de las emociones, del cuerpo, de lo que es, de lo que no es, …, de la vida. Y a detenerte. Y a admirar. Y a sacarle jugo a todo.

Mindfulness es una capacidad, una actitud de vida, una forma de vivir. Y se puede aprender.

 

Por eso creo que no es una moda. Mindfulness viene para quedarse y enseñarnos a vivir mejor.